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Esperanza.

Decenas de personas discurrían por la calle, cargadas hasta los topes de bolsas del centro comercial. Entraban y salían de él como si de un hormiguero se tratase, sin reparar ni una sola vez en mi presencia. Encogí varias veces las piernas para evitar dolorosos pisotones, y sujeté fuertemente al perro por el collar, que se empeñaba en ladrar cuando pasaban demasiado cerca de mí, tan irrespetuosos como siempre.
Agaché la cabeza y esperé a que algún alma caritativa se compadeciera de mí.


* * *


Dame la mano.
La niña obedeció a su madre antes de cruzar el paso de cebra.
Ya soy mayor –protestó.
Cruzaron la calle cuando la luz verde del semáforo se encendió, seguidas por una gran masa de transeúntes que terminaban de hacer sus compras. Llegaron al otro lado de la calle sanas y salvas, tal y como su madre había planeado.
Abrígate más, que hace mucho frío.
La mujer dejó las bolsas en el suelo para atender a su querida niña, que permanecía quieta mientras le abrochaba los botones de la chaqueta.
Así tengo calor, mamá.
¿Calor? –la miró incrédula, con los ojos abiertos de par en par–. No digas tonterías.
Su madre aprovechó la oportunidad para rodearle el cuello con una bufanda gris que se había sacado del bolso. La niña suspiró, agobiada por la cantidad de ropa que llevaba encima.
Mamá... –empezó a quejarse, pero pronto se vio interrumpida.
Andando, que vamos a llegar tarde.
Recogió las bolsas del suelo con una mano, mientras que con la otra apretó la de su hija. Empezaron a caminar de nuevo, hasta que la niña se paró en seco.
¿Qué pasa? –su madre se detuvo también.
A su derecha había un anciano sentado en un pequeño poyo, con la espalda recostada en la pared de un antiguo edificio. Su ropa era vieja y estaba bastante estropeada, con agujeros por todas partes y deshilachada en algunas zonas. Una densa barba cubría su mandíbula, haciendo que apenas se le vieran los labios cuarteados por culpa del viento helado. Sobre sus esmirriados hombros caía una melena blanca, sucia y encrespada por la falta de aseo. El hombre se frotaba constantemente las manos para intentar entrar en calor, con pésimos resultados. A su lado, un perro negro le hacía compañía, tumbado a sus pies y custodiando un pequeño cuenco donde apenas habían unas pocas monedas.
¿Qué pasa? –repitió la mujer, pensando que su hija no le había escuchado.


* * *


Me observaba con unos gigantescos ojos oscuros, estudiándome detenidamente. No tendría más de nueve años, pero había sido la única que había reparado en mí. Decidí mirarla fijamente, esperando la reacción típica de todas las personas: que siguiera caminando como si nada.
No fue así.
Rebuscó en el bolsillo de su madre, que la miraba con el ceño fruncido, claramente enfadada. Se me acercó, indecisa, con el puño fuertemente apretado. Mi perro se levantó, curioso, avanzando hacia ella un par de pasos. Lo sujeté por el collar antes de que se alejara.
Estate quieto, Pulgas.
La niña arrugó la frente, extrañada.
¿Pulgas?
Afirmé con la cabeza.
Tiene muchas.
Sus labios dibujaron una amplia sonrisa. Parpadeé repetidas veces, sorprendido. Era la sonrisa más dulce que me habían regalado jamás. Y provenía de una niña. De la única persona que se había dignado acercarse a mí.
Le acarició la cabeza al perro, que enseguida se puso a mover el rabo, contento por recibir una caricia que no fuese mía.
Tu madre te espera –comenté.
Se giró durante unos instantes, pero no se movió de donde estaba. Cuando me miró de nuevo, abrió el puño con cuidado, dejando caer un montón de monedas en el cuenco que había en el suelo.
Me quedé petrificado, pero mi asombro aumentó cuando vi que se quitaba la bufanda del cuello y me la entregaba.
La necesitas más que yo –murmuró.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, sin poderme creer lo generosa que estaba siendo esa niña con un desconocido.
Gracias –le devolví la sonrisa mientras me envolvía las manos con la prenda.
De nada –contestó encogiéndose de hombros, como si su amable gesto no tuviera importancia.
Miré atentamente el cuenco: nunca antes me había dado tanto dinero una misma persona. Normalmente los adultos me entregaban un par de monedas sueltas, pero con lo que me había regalado ella podría subsistir un par de días más.
Observé a su madre, que apretaba los dientes con fuerza. Suspiré entristecido, recordando que la niña acabaría creciendo. ¿Seguiría siendo igual de generosa cuando tuviera la edad de su madre?
«De tal palo, tal astilla». Me dije a mí mismo.
¿Cómo te llamas? –me atreví a preguntarle, antes de que se fuera.
Esperanza –confesó, regalándome otra de sus cálidas sonrisas y esta vez, consiguió atravesarme el corazón.

Comentarios

  1. Precioso. Casi me haces soltar un par de lágrimas ^^
    Bonito el significado tanto como la forma de expresarlo.
    Y aunque parezca una tontería, me gusta el diseño del blog, los colores hacen fácil su lectura :) [fíjate que tengo los ojos cansados y aún así se lee bien...]

    Un beso, seguiré leyéndote n.n

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  2. Jo, Kirta, muchas gracias. :')
    Jajajaja, puse el blog en color marrón porque me recuerda al chocolate y (a mí) me "relaja" la tonalidad que tiene. x)

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  3. Soy el mismo anónimo de antes.
    he de decir que este relato me ha llegado, se me han puesto los pelos de punta y casi nunca me pasa eso.
    Espero que escribas más como este.

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  4. Vaya, me alegra que al menos este haya sido de tu agrado. :)

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