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Mostrando entradas de febrero, 2011

Lo siento, cariño.

Llegó a casa cansada y bastante tensa después de un día demasiado largo. Cerró la puerta con llave y dejó el bolso encima de la mesa del comedor. Se encontró a su marido durmiendo en el sillón, abrazado a una botella vacía de whisky y con la baba colgando.
Tragó saliva, intentando deshacer el nudo que oprimía su garganta. Había vuelto a ocurrir. Otra vez. Se despojó de los zapatos de tacón para no hacer ruido y caminó hacia él, con lentitud. Le quitó la botella de entre las manos y la dejó sobre la mesa. Cuando se giró ya era demasiado tarde: la pesadilla volvía a repetirse. –¿De dónde vienes a estas horas? –preguntó él, limpiándose con la manga de la camisa la baba que descendía por su barbilla. –Del trabajo –le tembló la voz. Su marido se levantó del sillón y se acercó cuidadosamente a ella, tambaleándose de un lado a otro, aún bajo los efectos del alcohol. –Eres una mentirosa. Abrió la boca para protestar, pero un puñetazo en la mandíbula le silenció, haciendo que cayera de bruces al su…

¿Cuál es el precio que tengo que pagar?

Una profunda oscuridad cubría la ciudad bajo un manto de nubes ennegrecidas, ocultando la luna mientras la lluvia golpeaba la calle empedrada con fuerza, produciendo un sonoro estruendo que eclipsaba cualquier otro ruido. Una sombra encorvada corría pegada a las fachadas empobrecidas de las casas, de tan solo dos pisos de altura, tapada con una gruesa manta para impedir que el agua alcanzara su ropa deshilachada. Se metió por angostos callejones, vigilando los vanos de las sombrías ventanas para comprobar que nadie la observaba desde las alturas. Dobló una esquina y suspiró aliviada al comprobar que no se había perdido, que había encontrado el sitio que andaba buscando. Frente a ella se alzaba una casa circular, muy vieja, con hierbajos saliendo de entre los sillares y ventanas retorcidas, con cristales opacos que mostraban una tenue luz en su interior. Un rayo iluminó el cielo, mostrando el tejado cónico de la cochambrosa arquitectura, expulsando un humo negro que se mimetizaba con l…

Dáselo cuando despierte.

Subí al vagón de un salto, justo antes de que se pusiera en marcha, arrastrando tras de mí una pesada maleta marrón. Caminé por el estrecho pasillo con rapidez, buscando un asiento libre donde poder sentarme a descansar. Finalmente encontré un sitio al fondo, donde había una mujer con la cabeza apoyada contra el cristal, durmiendo tranquilamente. Un niño de unos diez años le hacía compañía en silencio, mientras leía con atención un diario de tapa dura. Me senté justo enfrente de la joven, que seguía con los párpados caídos. El muchacho alzó la vista del libro para clavarla en mí, escrutándome con sus ojos claros durante unos segundos antes de volver a su estimulante lectura. Recosté la cabeza en el incómodo respaldo y miré por la ventana; los campos verdes se alejaban con lentitud conforme el trasto mecánico avanzaba parsimoniosamente. Contemplé durante casi una hora el alegre paisaje bañado por los rayos del sol veraniego, hasta que finalmente decidí hacer algo más provechoso: abrí l…

La estatua de arcilla.

–Abuelo, ¿me cuentas un cuento? –la niña sonrió, dejando a la vista una encía desprovista de un par de dientes de leche que se le habían caído.
El anciano la sentó sobre su regazo, con dulzura. –¿Cuál quieres escuchar? –El de la estatua de arcilla. –¿Otra vez? –su abuelo alzó las encrespadas cejas, de un color grisáceo que delataba su avanzada edad. –Sí, por favor –suplicó ella, abriendo sus enormes ojos de chocolate. –Está bien –se frotó la frondosa barba mientras fruncía el ceño, desconcertado–. No me acuerdo cómo empezaba, querida. –Con la chica que hacía figuras de barro –le recordó su nieta. –¡Ah, sí! –un destello iluminó la mente del anciano, devolviéndole el recuerdo olvidado–. Veamos...
Érase una vez, en una pequeña aldea, vivía una muchacha que tenía un taller de alfarería. Estaba sola porque no tenía familia y su joven corazón todavía no había sido ocupado por ningún hombre. Así que para rellenar el vacío que sentía se pasaba las horas modelando figuras; una afición que le …