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Mostrando entradas de abril, 2011

Ella.

Troceó las hortalizas sobre una tabla, a cachitos pequeños, para posteriormente introducirlas en un puchero de agua hirviendo. Añadió sal y removió el contenido con una cuchara de madera.
–¿Falta mucho para la comida? La sirvienta se giró al escuchar su voz. –No, señora –se alejó del fuego para sacar de un rústico cajón la cubertería de plata–. Si le parece, voy a ir poniendo la mesa mientras se hace la sopa. –Claro. La criada fue a salir de la cocina con los cubiertos en la mano, hacia el comedor, pero antes de que cruzara el vano de la puerta, su señora le formuló una segunda pregunta: –¿Y Amber? –En el columpio, creo –hizo una reverencia y se retiró. La mujer puso los brazos en jarras, frunció el ceño y salió al jardín por una estrecha puerta de madera que daba al patio.

* * *

Se balanceaba con fuerza, tomando impulso con las piernas e inclinándose hacia atrás, haciendo ondear la tela de su vestido blanco, mientras su pelo castaño se revolvía sobre su cuello y espalda, siguiendo e…

Él.

–¿Dónde está el dinero, viejo estúpido? –escupió, mientras le apuntaba con un revólver.
El hombre retrocedió, gateando torpemente por el suelo hasta topar con un mueble de la cocina. –Por favor –suplicó, gimoteando–, no... no me haga daño. Steve se pasó una mano por la frente perlada de sudor, con un ágil movimiento, molesto. –Dime dónde demonios lo guardas –masculló, quitándole el seguro al arma. El anciano se encogió sobre sí mismo, temblando debido a los nervios. Cerró los ojos para que la sangre que descendía por su ceja derecha no se le metiera dentro. El ladrón apuntó a su cabeza mientras sonreía maliciosamente. –Te voy a mandar derecho al Infierno. Antes de que pudiese apretar el gatillo, un golpe seco le hizo detenerse. –¿Hay alguien más en la casa? –le preguntó, sin esperar que su victima le respondiera. El octogenario rompió a llorar, visiblemente convulso. Steve bajó el arma y salió de la cocina a toda prisa, en busca de la persona que podía delatarle a los guardias si s…

Cotton.

–Vamos, Cotton –le ordené en inglés.
El perro me siguió, decidido, sin atreverse a adelantarme. Volvíamos al puente a pasar la noche, después de haber estado todo el día mendigando en el metro y ganar apenas lo suficiente para comprar un bocadillo, que tendría que compartir con mi nuevo acompañante. Ese chucho pulgoso estaba conmigo desde hacía menos de una semana y ya le apreciaba como si realmente fuese mío. Nos hacíamos compañía mutuamente y no me pedía nada a cambio, solo un poco de atención, agua y algo que pudiera llevarse a la boca desdentada. Me giré para mirarle y alzó la cabeza, con sus ojillos negros brillando en la oscuridad mientras agitaba la cola de un lado a otro, como si de un látigo se tratase. Sonreí. Me puse el gorro de lana en la cabeza, para así protegerme las orejas del helor que se apoderaba de la ciudad y guardé mis manos dentro de los los bolsillos de los pantalones viejos, procurando calentarlas. No faltaba mucho para que llegáramos a nuestro destino cuando no…