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Tenía la necesidad de hacer algo malo, sin importarle las consecuencias que pudiese acarrear.

Steve blandió el hacha, elevándola por detrás de su nuca y descargándola con fuerza sobre el tronco, partiéndolo limpiamente por la mitad. Se secó el sudor de la frente con la manga de la camisa, colocó otro tronco sobre la base de madera y volvió a partirlo con el filo del hacha.
–¿Vamos a encender la chimenea?
Amber, sentada sobre un pequeño bordillo que rodeaba la casa blanca de madera, estiró sus finas piernas y se arremangó el vestido, dejando que los rayos del sol bañasen su piel nívea. Steve se giró y la observó con interés, clavando su mirada oscura en los ojos inocentes de ella.
–Se acercan nubes de tormenta –contestó, recogiendo los pedazos de leña que había partido y colocándolos dentro de un capazo–. Esta noche hará mucho frío y tendremos que encenderla.
Caminó hacia la casa para depositar la carga dentro, pero antes de desaparecer por el vano de la puerta estiró la mano hacia ella y le acarició la mejilla con las yemas de los dedos, en un rápido movimiento casi imperceptible. Amber sonrió tímidamente, poblando la delicada piel de su rostro por un suave rubor, con la mirada fija en el espeso jardín de detrás de la casa mientras su mente se alejaba de la realidad paulatinamente, perdiéndose en sus propios recuerdos.


* * *


Estaba tan asustada que su corazón amenazaba con salírsele del pecho, palpitándole alocadamente dentro del busto. Había regresado a casa corriendo, en busca de seguridad, sintiendo la mirada de buitre de ese sucio y mugriento preso sobre su frágil cuerpo, atravesándole vestido, carne y hueso, hasta casi llegar hasta el tuétano.
–¡No vuelvas a irte corriendo de esa forma, Amber! –había vociferado su madre, enfadada por la escena ocurrida durante la comida–. ¿¡Me oyes!? ¡Una señorita no hace eso! ¿¡Qué van a pensar mis amigas en cuanto se enteren por nuestra criada chismosa!?
La joven se había encerrado en su cuarto, ignorando la reprimenda de su madre. Había conseguido librarse de esa horrible sensación de sentirse observada, sin embargo, ahora que había regresado junto a su progenitora, le hervía la sangre. Estaba muy enfadada con ella. ¿Cómo podía obligarla a casarse con Matthew? Se dejó caer sobre su mullida cama, tapándose los ojos ambarinos con las manos. No era justo. No se merecía aquello. Tenía la necesidad de vengarse, de hacer algo malo, de desahogarse de alguna forma debido a que la boda iba a ser inevitable. Se mordió el labio inferior con fuerza, sintiendo a los pocos segundos el sabor óxido de la sangre. Una idea empezó a formarse en su mente juvenil. Era retorcida, ilegal y muy peligrosa: perfecta para una venganza.


* * *


Una luna llena ocupaba el centro del cielo, dotando a los tejados de la ciudad de un brillo plateado. Corrió la cortina de la ventana, caminó hacia el armario y cogió un ligero vestido que se puso después de despojarse del largo camisón que cubría su cuerpo esbelto. Estaba nerviosa. Nunca había hecho nada parecido y eso le hacía temblar como una hoja. Si sus padres la descubrían no volverían a dirigirle la palabra, la echarían de casa, repudiándola y dejándola en la calle, sin más cobijo que el viejo puente que le serviría de techo. Decidió dejar de pensar en eso y ponerse manos a la obra: salió de su dormitorio sigilosamente, descalza, sujetando los zapatos en una mano, para no hacer ni el más mínimo ruido. Pasó por al lado del cuarto de sus padres, que dormían plácidamente entre sonoros ronquidos, y bajó las escaleras que conducían a la planta baja, atravesando el largo pasillo que conducía hacia la puerta de la calle para posteriormente abrirla y salir al exterior, cerrándola tras de sí con sumo cuidado. Una vez en el jardín, se puso los zapatos y salió corriendo hacia el centro de la ciudad, sabiendo que a esas horas de la noche no habría ninguna persona deambulando por las calles, sintiéndose tremendamente libre mientras que una intensa excitación anidaba en su pecho.


* * *


Se detuvo en la puerta de los calabozos, debatiéndose entre continuar con su plan o dar media vuelta y volver a casa. Su sentido común le decía que regresase a la seguridad de su hogar, pero la adrenalina que recorría sus venas opinaba todo lo contrario. No se escuchaba ningún ruido, salvo los latidos de su corazón. Apenas habían antorchas que iluminasen las calles desérticas, convirtiendo la ciudad en un montón de casas fantasmagóricas, engullidas en sus propias tinieblas. Decidió dejarse llevar por sus sentimientos y, con una mano temblorosa aferró el picaporte de la puerta, haciéndolo girar para abrirla mientras un chirrido molesto que desgarraba el aire. Avanzó con cuidado hacia el interior de los calabozos, donde unas escaleras descendían al final de un largo pasillo. Empezó a bajar los escalones a oscuras, guiándose por la tenue luz que se vislumbraba al final. Una vez abajo, echó un rápido vistazo a su alrededor, nerviosa: en una esquina había un guardia, profundamente dormido, apoyado contra el respaldo de una cochambrosa silla de madera, con la cabeza inclinada hacia atrás en una postura incómoda y los pies descasando sobre la mesa. Justo enfrente de él, un montón de celdas, cada una con varios prisioneros roncando y con la baba colgando. La escasa iluminación provenía de varios candelabros atornillados a la pared de piedra, que iluminaban otro largo pasillo por donde se extendían los calabozos.
Amber contuvo la respiración, pensando que el más mínimo sonido los despertaría a todos. Su plan aún no había concluído, por lo que empezó a buscar algo con la mirada, sin moverse del rellano en el que se encontraba. Finalmente logró encontrar un manojo de llaves, situadas en el cinto del guarda. Se despojó de sus zapatos, depositándolos en el suelo empedrado y deslizándose por él de puntillas, como un gato al acecho. Alargó la mano hacia la cintura del hombre y, con un pulso de acero, empezó a desatar el nudo que apresaba las llaves. El guardia se removió en sueños, inquieto, asustando a Amber, que se quedó paralizada, esperando a que despertase y la detuviera. Por fortuna, permaneció en el mundo de los sueños y aprovechó la oportunidad para terminar su tarea. Una vez conseguidas las llaves, las apretó contra su mano, impidiendo que tintineasen y produjesen el más mínimo ruido que pudiese quebrar la calma. Se llevó la otra mano al pecho, notándolo desbocado. Aún estaba a tiempo de dar media vuelta y regresar a su casa, pero sentía un profundo rencor hacia su madre y el morbo de hacer algo malo pudo con ella. Recorrió el pasillo pegada a la pared, escrutando a los presos que dormitaban en sus celdas, buscándole. Finalmente lo encontró en el último calabozo, tumbado en el suelo con los brazos detrás de la cabeza, como una almohada huesuda, entre un montón de paja y mugre. Una sombra ocultaba su rostro, dándole un aspecto siniestro. Amber se quedó inmóvil, sin saber si el preso estaba durmiendo, hasta que éste se incorporó. Permaneció sentado un par de segundos para finalmente levantarse, avanzó un par de pasos hacia los barrotes, provocando que la luz de un candelabro cercano bañase su rostro escuálido. La muchacha tragó saliva, con el corazón a punto de estallarle y las piernas temblando bajo su fino vestido. Antes de que el miedo acabara por apoderarse de ella, estiró la mano donde llevaba el manojo de llaves y la introdujo entre los barrotes de hierro, sin atreverse a pronunciar palabra alguna. Steve ladeó la cabeza, clavando su negra mirada en la delicada mano que le estaba entregando su libertad, sonriente. Colocó su propia mano debajo de la de ella, expectante. Amber aflojó sus dedos, dejando que las lleves cayeran suavemente sobre el recipiente carnoso. Acto seguido, retiró el brazo con rapidez y echó a correr, sabiendo que tenía que volver a casa antes de que Steve lograse averiguar qué llave era la que abría su celda y consiguiera escapar. Cuando la joven regresó a dónde estaba el guardia, recogió sus zapatos y continuó su rumbo, sin tan siquiera ponérselos, sin preocuparse de que las impurezas del suelo arañasen sus pies desnudos: lo único que le preocupaba era poder llegar a la seguridad de su hogar antes de que Steve echase a correr tras ella.

Comentarios

  1. Me está gustando mucho esta historia. Es realista, peligrosa y románticamente oscura. ¿La seguirá Steve hasta su casa? ¿Volverá ella a buscarlo? Espero ansiosa la próxima parte. ¡Un beso!

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  2. Jajaja, pues me alegra que te guste. XD La verdad es que es un tanto extraña, pero bueno. x)

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  3. Sí, es extraño, pero está cada vez más interesante... por cierto, te he encontrado un pequeño fallo aquí:¿Vamos ha encender la chimenea?
    ¡¡Ese "ha" no lleva hache!! :)

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  4. ¡Es cierto! T.T Con las prisas se me ha pasado, lo siento. :(

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  5. Guaaaa!! Que intenso!!! Anda que no se moja Amber para sacar a Steve. ¿Y porqué lo hace? ¿Cual es su maquiavélico plan para anular la boda? Me encanta y algo que adoro es que Steve no sea el típico bueno sino el opuesto. un besazo y seguiremos pendientes de ver como continúa XD

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  6. Vaya, realmente me ha encantado! Me encanta Amber, aunque no entiendo el motivo por el cual ha querido liberar a Steve! ¿Cómo conseguirá anular la boda? espero con ganas la próxima entrada!

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  7. Igual Steve no corre tras ella como se espera de él... Puede que como buen malote se vaya a refrescar el gaznate a una tabernilla para darle las gracias cualquier otro día xD
    En cuanto a lo de la boda... Steve le debe un favor a Amber...digamos que ella tiene la opción de pasarle la pelota xDDD

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