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Mostrando entradas de noviembre, 2011

Una horrible pesadilla.

Llegué a un claro del bosque después de llevar un buen rato caminado. No iba sola; seis chicas me acompañaban, cada una más guapa que la anterior. Algo se movió detrás de un arbusto, haciendo zarandear sus hojas de manera ruidosa. Nos quedamos paralizadas, esperando, con el corazón en un puño. Un par de hombres salieron de su escondite, armados con pistolas y con una sonrisa sádica que helaba la sangre. Eran ellos. Otra vez. El cabecilla y su cómplice. Ambos deformes. Me entró pánico y eché a correr como una exhalación, terriblemente asustada. Las chicas me imitaron, conscientes del peligro y ellos hicieron lo mismo. Nos perseguían. Eran rápidos, pero, afortunadamente, yo lo era más. No tardé en escuchar varios disparos, coreados por gritos agudos. Nos estaban cazando una a una. Me giré durante una fracción de segundo y comprobé que sólo quedaban tres chicas corriendo detrás de mí. Intenté que permaneciérmamos juntas, pero acabaron por separarse y perderse entre los árboles, dejándo…

Entre un bonito sueño y una horrible pesadilla.

El otoño había anidado en mi corazón, tiñéndolo de ocre y tierra e impregnando su textura con gotas de lluvia polvorientas. Cerré la ventana del dormitorio, consciente de que el frío había calado hasta mis huesos mientras dejaba escapar un suspiro, que salió entrecortado de mi garganta. Estaba nerviosa.
Caminé hacia el comedor, decidida. Sentía que tenía que hacerlo, y allí estaba él, sentado en el sofá, leyendo un libro. Tragué saliva inconscientemente, notando como mi corazón se descontrolaba. Llevaba varios meses viviendo con él y me dolía. Me dolía verle todos los días, a todas horas. Estar a su lado y no poder acariciarle. Era insoportable aspirar su perfume sin que se diera cuenta, o contemplarle de reojo por miedo a encontrarme un rotundo rechazo si nuestras miradas se cruzaban. Pero tenía que hacerlo. Intentarlo, al menos. Me senté a su lado y me quedé mirando a la nada, esperando a que dijera algo. Señalizó la página en la que se encontraba y cerró el libro, depositándolo s…

¿Celos?, lanzamientos inesperados y una buena dosis de forcejeos.

Guardé un par de libros en la taquilla y después la cerré con llave, para posteriormente entrar en la clase que me correspondía. Me senté al lado del cubano, en la segunda fila, pegada a la pared. Nos encontrábamos en una de las últimas horas de la jornada, y ya estábamos más que hartos. Teníamos unas ganas inmensas de que terminase el día para poder irnos a casa, pero el tiempo parecía discurrir con demasiada parsimonia, haciendo que los minutos fueran demasiado tediosos. Me recosté un poco en la silla y decidí dejar pasar la clase sin atender a las explicaciones del profesor. Es más, mi mente estaba tan alejada de la realidad que ni siquiera fui consciente de que llamaron un par de veces a la puerta hasta que ésta no se abrió lentamente. Mi corazón, ralentizado por el aburrimiento, despertó de improvisto como sacudido por una descarga eléctrica, haciendo que latiera desbocado: Max acababa de hacer acto de presencia. Miré a Yanko, visiblemente asustada. Su expresión era tan desconcert…