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Un copo de nieve único.

Fruncí el ceño mientras contemplaba las delicadas pisadas que habían quedado grabadas sobre la nieve. Bordeaban la casa y se perdían en el jardín posterior, lo cual hizo que me pusiera alerta. Me ajusté la bufanda marrón alrededor del cuello e inspiré hondo, decidido a descubrir si la corazonada que me invadía era verdadera o no.
Caminé con paso ligero hasta la parte trasera de la casa, pero me detuve en seco en cuanto la vi. Estaba sentada en la hamaca de madera, con los pies apoyados sobre el asiento y las rodillas frente al pecho, haciendo la función de atril mientras leía por enésima vez el volumen que le había regalado por Navidad.
El aliento se me escapó de entre los labios, formando un vaho alrededor de mi rostro.
Un vestido blanco de tirantes cubría su frágil cuerpo, cayéndole delicadamente por los muslos mientras sus pantorrillas permanecían al descubierto. Tragué saliva al descubrir su ropa íntima a través de sus tobillos separados, a juego con la tela del vestido.
Se me alteró la respiración inmediatamente, de manera irreversible.
Noté la bufanda pesada oprimiéndome las vías respiratorias de forma grotesca, por lo que la separé de mi piel rápidamente, con impaciencia. Parecía una muñeca de porcelana, un copo de nieve único esculpido en mi jardín.
Apenas fui consciente del enorme sombrero de paja que adornaba su cabeza, atrapando su cabello azabache contra sus mejillas. Ni siquiera me percaté de que su fiel perro Quemado le hacía compañía tumbado junto a ella como una sombra negra.
–Sun.
Caminé hacia ella sin poder contener mi enfado, notando como me hervía la sangre dentro de las venas. Alzó la mirada de las páginas envejecidas del libro y me dedicó una sonrisa inocente. No se había dado cuenta de mi escrutinio secreto.
–Hola.
Le di el tiempo justo para que colocase el marcapáginas y depositase el volumen sobre la hamaca antes de que me quitase la chaqueta de golpe para colocársela sobre los hombros.
–¿Qué demonios haces? –gruñí, alzándola por las axilas para apretrarla contra mi cuerpo–. Estás helada, joder.
Las alas del sombrero chocaron contra mi frente, provocando que se cayera sobre la nieve de manera automática. Le proporcioné uno de mis antebrazos como asiento mientras me rodeaba la cintura con las piernas y se acurrucaba contra mi pecho. Solté un suspiro mientras le apretaba la chaqueta contra su espalda para que no corriera la misma suerte que el sombrero.
–Te estaba esperando –dijo, separándose un poco de mí para observarme con cierta preocupación.
Le miré los pies.
–¿Por qué estás descalza? –mi voz adquirió un tono grave, reprobatorio–. ¿Dónde están tus zapatos?
Eché un rápido vistazo a los alrededores, pero no los vi por ninguna parte. Sun se encogió de hombros, sin darle la menor importancia.
–Dentro de casa, supongo.
Di media vuelta y empecé a deshacer el camino andado, rodeando las paredes de piedra para llegar hasta la puerta principal. Quemado bajó de la hamaca de un salto y recogió el sombrero del suelo, transportándolo entre los dientes mientras me seguía agitando la cola.
Noté como Sun tiritaba entre mis brazos y no pude evitar oprimirla contra mi pecho de manera protectora, posesiva, intentando transmitirle mi calor corporal.
–No vuelvas a hacer esto, Sun –ordené, mirándola fijamente–. No quiero que te pongas enferma.
Se acurrucó contra mi pecho como una niña pequeña mientras hundía la cabeza en mi cuello, por encima de la bufanda. Me acarició la piel con la punta de la nariz, dejando una estela de frío impregnada en mi yugular, provocándome un dulce cosquilleo que descendió directo hasta mi entrepierna.
–¿Estás enfadado conmigo? –ronroneó, depositando un reguero de besos por la línea de mi mandíbula.
Rió con suavidad al percatarse de la apremiante erección que estiraba mis pantalones buscando la cúspide de sus muslos.
Tragué saliva ruidosamente.
–Sí –procuré sonar rotundo e inflexible mientras buscaba las llaves en uno de los bolsillos, pero la voz me salió ronca debido a la excitación que amenazaba con consumirme.
Subí las escaleras del porche y me coloqué frente a la puerta maciza de la entrada, todavía intentando atrapar las llaves del fondo de mi bolsillo.
Sun se volvió a separar un poco de mí, apoyando sus antebrazos en mi pecho para mirarme con cierta preocupación fingida.
–¿Entonces no vas a hacerme el amor? –preguntó, mirándome a través de sus largas pestañas en forma de abanico.
Noté como me derretía por dentro mientras la necesidad crecía de manera vertiginosa, obligándome a conservar el control sobre mí mismo.
Logré alcanzar las llaves en el momento en que me mordisqueaba la barbilla de manera juguetona, arañándome la perilla con los dientes mientras sonreía con dulzura. Atrapé sus labios por sorpresa cuando conseguí abrir la puerta de golpe después de haber estado peleándome con la cerradura durante un par de segundos.
Apenas me percaté de que el perro entraba rápidamente para tumbarse enfrente de la chimenea encendida, depositando el sombrero en el suelo.
Cerré dando un portazo mientras me perdía en un mar de besos descoordinados y caóticos, intentando fundirme con ella mientras la apretaba fuertemente contra mí, estrangulando sus costillas sin compasión.
Fui vagamente consciente de que se me habían caído las llaves al suelo mientras la trasladaba a través del salón con impaciencia, buscando las escaleras que conducían al segundo piso. Solté un gruñido cuando algo se enredó en mis pies, haciéndome trastabillar. ¿La chaqueta? Me apoyé en la pared con una mano para evitar caer al suelo y lastimarla. Sun aprovechó la ocasión para desenrollar la bufanda de mi cuello y lanzarla lejos antes de volver a cernirse sobre mí sin miramientos. Noté como me arañaba el pecho a través del jersey mientras hacía un esfuerzo sobrehumano por intentar llegar hasta el dormitorio sin perder el poco control que me quedaba sobre mí mismo.

Comentarios

  1. OH-MY-GOD.

    Muy suelta se la ve en este relato, ¿no? Casi demasiado, diría yo xDD
    Pero me gusta la forma en que la coge, en que la protege, en que la regaña por ir tan desnuda entre la nieve.
    Aún así... yo creo que ha terminado por gustarme más Max (¡que supongo que ése es tu cometido...!). Y mira que a mí los rubios me gustan y más los rubios que son tan chachis como Héctor... Pero Max es Max. Y tu Max mola.

    Lo único: en la primera frase has puesto "...habían quedado gravadas sobre la nieve" y es "grabadas", con b (:

    En fin, como siempre ha sido un placer leerte ^^

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  2. ¡Dios mío! ¡No me había dado ni cuenta! Muchas gracias por decirme el error. :) Ahora mismo lo cambio.

    Me alegra que te guste más el pelirrojo. Héctor no le llega ni a la mierdecilla de los zapatos, por muy chachi que sea. xD

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  3. Perdón por tardar tanto en leer, pero he estado mala estos días XDD. En fin, al grano. Estoy de acuerdo con Kirtashalina en que aquí a Sun se la ve demasiado desenvuelta, aspecto algo chocante, teniendo en cuenta lo fría y tímida que es de normal. De cualquier forma, me ha encantado el relato, no sólo porque en él Max y Sun están por fin juntos, sino también por la ambientación del mismo: la nieve, el perrillo por ahí, la hamaca, la casa de dos pisos... Idílicamente invernal.

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  4. Holaaaaaa!! Siento la tardanza, te dije hace dos noches y mira XDD Sorry!!. Veamos, me ha encantado el ambiente hogareño que hay en el relato, lo de que la espíe es algo morboso eh!! XDD Max es raro, no acabaré de verle extraño nunca XDD Coincido con Kistashalina y Athenea en que Sun no parece ella misma, pero teniendo en cuenta que esto podría ser un futuro, queda genial. Es bueno que quepa la posibilidad de que Sun cambie y se muestre más candida y abierta =D En fin, que me ha encantado, joder, ojalá mi gato me recogiera las cosillas cuando se me caen XDD Un besote y al sexo duro Jack!! Digoooo Max!! XDD Besotes ^.^

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    Respuestas
    1. ¡Jajajajajaja! Ay, Esther, cómo me gustan tus comentarios. Siempre me sacas una sonrisa de oreja a oreja. xD
      Me alegra que os haya gustado. Es obvio que Sun no es así (al menos de momento), pero quién sabe... tal vez algún día cierto hombre pelirrojo consiga corromperla...

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