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Regla número cinco, (primera parte).

Regla número uno: nadie puede salir del castillo durante la noche.
Regla número dos: los señores de alta alcurnia permanecerán encerrados en sus aposentos desde el ocaso hasta el alba. Los únicos que merodearán por los pasillos serán los guardias.
Regla número tres: todas –absolutamente todas– las puertas estarán debidamente cerradas con llave, atrancadas con algún mueble o ambas cosas, (así como también las ventanas).
Regla número cuatro: los espejos del castillo deberán ser cubiertos con telas o paños.
Las reglas anteriores deberán cumplirse sin excepciones.


Diversos cirios iluminaban la alcoba principal de manera uniforme, repartiendo la escasa luz por los rincones más oscuros. El fuego de la chimenea caldeaba la estancia, haciéndola más acogedora.
–Repítelo otra vez.
Nina miraba a su hermano mayor con expresión somnolienta mientras Púrpura descansaba sentada sobre su hombro. Aquella pequeña hada estaba tan agotada como ella.
–Estoy harta de repetir todas las noches el mismo discurso, Alan –refunfuñó, retirando las sábanas para poder tumbarse en la mullida cama.
–Hazlo –su gesto serio no daba opción a más réplicas.
Púrpura revoloteó alrededor de la joven, que se dejó caer sobre el colchón como un peso muerto. No obstante, Nina acabó recitando las cuatro reglas de memoria con la mirada fija la tela azulada del dosel.
–¿Contento? –preguntó, con cierto deje burlón.
Alan soltó un bufido, visiblemente molesto. Púrpura aleteó hasta aterrizar en la almohada con una elegancia sobrenatural.
–De nada sirve que te sepas las normas si luego no eres capaz de cumplirlas –gruñó, señalando el espejo del tocador con un dedo acusador–. Te lo has dejado destapado.
Nina puso los ojos en blanco. Detestaba aquellas estúpidas normas que no comprendía. Toda su vida había girado en torno a ellas; a repetirlas como un vulgar pajarraco sin saber por qué tenía que acatarlas. Nadie le había explicado nada. Su hermano esquivaba sus preguntas y Nina pronto optó por buscar las respuestas por su cuenta. Sin embargo, poco podía hacer para evitar a los guardas que vigilaban la puerta de su dormitorio cada noche.
–No creo que sea para tanto –cruzó los brazos sobre su pecho, disgustada.
Alan arropó a su hermana, cubriéndole la fina tela del camisón con las sábanas gruesas que utilizaban con la llegada del otoño.
–Tienes que tomártelo muy en serio –su hermano se incorporó y caminó hacia el espejo del tocador–. ¿Cuántas veces te lo he dicho?
Se detuvo frente a su reflejo, que ondeaba debido a la tenue llama de un cirio. Observó las diversas tonalidades anaranjadas que recubrían su piel, mezclándose con la zona ensombrecida donde la luz no llegaba a hacer acto de presencia.
Algo se movió al otro lado.
Alan parpadeó varias veces, dubitativo. Tal vez hubieran sido imaginaciones suyas. La obsesión que tenía por inculcar y cumplir las reglas familiares estaba haciendo mella en él. Eso era todo.
–¿Estás bien?
Nina le observaba acurrucada en la cama, con el pelo trigueño desparramado sobre la almohada formando un mar de caracoles descontrolados. Púrpura se elevó unos centímetros agitando las alas translúcidas.
El joven asintió haciendo un gesto con la cabeza, dio media vuelta y cubrió el espejo con una tela vieja que descansaba sobre un sillón tapizado. Caminó hacia su hermana y se sentó junto a ella en el borde de la cama.
–Ten cuidado –susurró, con una sonrisa burlona dibujada en el rostro–. Descansa.
Nina recibió un beso húmedo sobre la frente antes de que su hermano se alzara y caminase hacia la puerta del dormitorio.
–Cerraré con llave por fuera –informó él–. Ya sabes que...
–... que tengo una copia en la caja de música –Nina terminó la frase por él, echándole un vistazo rápido a la cajita de madera que descansaba sobre el tocador–. No te preocupes. Dormiré bien.
Alan abandonó la habitación en silencio, dejando a su hermana en compañía de la delicada hada que velaba por ella.
Nina escuchó la llave girando dentro de la cerradura. Llevaba toda su vida escuchando ese sonido y sin embargo todavía no se había acostumbrado a él. Estar encerrada en su alcoba durante toda la noche le había llegado a producir verdaderos ataques de ansiedad, por lo que desde pequeña se le había asignado un ser mágico para protegerla.
Púrpura la cuidaba. No era más grande que una mano, pero su energía era suficiente para renovar la de Nina y tranquilizarla cuando era necesario. La joven giró sobre el colchón para poder admirar la belleza de aquella criatura de ojos negros y pelo amoratado. El hada se acurrucó en la almohada, junto a su rostro. Púrpura nunca hablaba –o al menos no el lenguaje humano–, pero Nina podía entenderse con ella fácilmente.
–¿Sabes qué? –la muchacha sonrió con cierta tristeza mal disimulada. El ser feérico ladeó la cabeza, expectante–. Estoy cansada de tantas imposiciones y normas.
Las llamas de los cirios centellearon con cierta virulencia. Nina se incorporó sobresaltada y el hada echó a volar hacia la ventana. Algo había captado su atención fuera del castillo.
La joven se levantó de la cama y caminó descalza hasta alcanzar a Púrpura. El frío del suelo trepó por sus pantorrillas hasta alcanzar la cima de sus caderas y enredarse en su espina dorsal. El crepitar de las llamas en la chimenea la reconfortó cuando miró a través del cristal.
La noche cerrada ofrecía un cielo poblado de estrellas, pero sin la presencia de la luna. Su mirada descendió hasta las casas de los aldeanos que permanecían dentro de los límites de la muralla. Todo parecía tranquilo, sin movimiento. No se veían ventanas iluminadas, solo oscuridad en caminos y calles.
Más allá de la gran muralla, un tupido bosque se expandía por el horizonte. Nina enredó sus dedos en el camisón, apretándolo con fuerza. Nunca había podido explorarlo –ni siquiera en compañía de los guardias– y, sin embargo, sentía curiosidad y rechazo por partes iguales.
No eran pocas las historias y leyendas relacionadas con ese bosque, no obstante, su hermano se empeñaba en hacerle creer que formaban parte de las habladurías del pueblo. Nina acarició el alféizar de piedra con las yemas de los dedos mientras observaba atentamente como las copas grisáceas de los árboles se perdían en el horizonte. Púrpura descendió hasta colocarse a la altura de su mano para seguir escrutando algo que la joven no alcanzaba a ver.
Todo estaba tranquilo.
La calma reinaba como soberana, más Nina no podía evitar sentir cierta desazón. Algo en su interior se agitaba nervioso, pero la muchacha no llegó a descifrar su procedencia. Tal vez fuera el cansancio acumulado. Además, era demasiado tarde para estar mirando a través de la ventana.
No había nada afuera.
Nina dio media vuelta decidida a meterse de nuevo en la cama, arrastrando los pies de manera automática por el suelo empedrado. Sin embargo, antes de que se dejase caer sobre el colchón logró escuchar algo.
Un golpe seco, apenas perceptible.
–¿Qué ha sido eso?
El hada se retiró del alféizar y se deslizó por el aire hasta posarse sobre el tocador de madera, mirando fijamente la tela que cubría el espejo.
El ruido se repitió un poco más fuerte.
Nina dejó escapar el aliento a través de unos labios entreabiertos. Había sido real. El vello de su cuerpo se erizó como consecuencia del miedo y el calor que desprendía la chimenea le parecía ahora insignificante.
La joven escuchaba atentamente desde su cama un golpe burdo tras otro. Una secuencia rítmica proveniente del espejo.
Nina se acercó lentamente hasta el tocador, impulsada por una curiosidad enfermiza. No comprendía como un mero cristal podía emitir sonido alguno, pero lo hacía.
Y era real.
Tragó saliva mientras procuraba controlar sus pulsaciones desbocadas. Nunca había vivido nada semejante; de hecho, hubiera pensado que estaba sufriendo algún tipo de pesadilla de no ser por la presencia tangible de su hada, que mostraba el mismo temor que ella hacia lo desconocido.
–¿Qué es eso? –sus palabras brotaron repetitivas en un susurro, en busca de una respuesta coherente para aquel extraño sonido.
Nina alargó la mano para retirar la tela y mirar al otro lado, pero Púrpura se alzó rápidamente para detenerla. El ser feérico negó con la cabeza y la muchacha meditó durante unos segundos.
Regla número cuatro: los espejos del castillo deberán ser cubiertos con telas o paños.
¿Por qué? ¿Por qué esa norma? ¿Qué demonios era ese ruido?
Movida por un impulso irracional, la joven alargó la mano hasta aplastar la tela sobre la superficie reflectante.
Y entonces lo notó.
Vibraba.
Aquél extraño sonido atrapado en el interior del cristal producía espasmos sobre la palma de su mano. Nina observó a su hada con la mirada descompuesta, sacando sus propias conclusiones.
Era un corazón.
Lo que se escuchaba dentro de la habitación era un corazón latiendo al otro lado del espejo.
Un escalofrío torturó sus vértebras. Estaba convencida de que si retiraba la tela descubriría algo observándola desde la otra parte.
Nina retrocedió inmediatamente, aterrorizada y corrió hacia la puerta seguida de Púrpura. Aferró el pomo y tiró hacia ella con fuerza, pero estaba encerrada.
Su hermano había cerrado con llave.
Tenía una copia guardada en la caja de música del tocador, pero su ansiedad le impedía acercarse. Presa del pánico, apoyó la espalda contra la pared y ocultó su rostro tras unas manos temblorosas mientras las palpitaciones del espejo seguían taladrándole los tímpanos.
El hada le acarició el hombro mientras comenzaba a transmitirle su propia energía feérica. Nina pronto notó los efectos sanatorios navegando por sus arterias, pero sabía que no iban a ser suficientes.
No esta vez.
La muchacha estaba hecha un amasijo de nervios y aquel ruido rítmico sobrenatural solo empeoraba las cosas. Por descontado, la habitación había adquirido una atmósfera diferente: a pesar de que sus aposentos estaban repletos de cirios, la luz que desprendían era escasa y con poca intensidad. Además, de lo que antes había sido un fuego acogedor encarcelado en la chimenea apenas quedaban unas brasas incandescentes.
Púrpura se alejó de ella; algo había llamado su atención. Voló hacia los rescoldos de las llamas y se asomó por el hueco de piedra. Nina observó como su hada se giraba hacia ella, haciéndole un gesto con la mano para que se acercase mientras los golpes seguían resonando en su dormitorio.
La muchacha se inclinó hacia delante flexionando sus rodillas hasta que su vista quedó situada a la altura de las ascuas.
Entonces lo descubrió.
La pared que cerraba el fondo de la chimenea había desaparecido. En su lugar, había un profundo vacío colapsado por la oscuridad.
Nina temblaba. Toda ella. Sin remedio.
Estaba claro que aquello no era normal. ¿Acaso ese hueco era una salida? ¿Adónde llevaba? ¿Era un pasadizo secreto que no había descubierto?
El hada revoloteaba inquieta. Los latidos proseguían la taquicardia que ofrecía una banda sonora aterradora.
Lo mejor era salir de ahí. Como fuera.
Pero la joven no se atrevía a acercarse al espejo a recoger la llave. Temía que algo atravesase el cristal y se la tragase.
Se abrazó la cintura mientras imaginaba que algo la absorbía de pronto, llevándosela consigo a algún lugar inhóspito y yermo.
No. Recoger la llave no era una opción. Pero tampoco iba a pasar la noche en sus aposentos y aventurarse por el hueco de la chimenea le ponía el vello de punta.
Tal vez saltar por la ventana fuera la mejor opción.
Antes siquiera de que intentase avanzar hacia el alféizar, Púrpura se interpuso en su camino dedicándole una mirada reprobatoria. Estaba claro que la distancia entre su alcoba y el suelo del exterior era demasiado amplia. Probablemente moriría debido a la colisión.
–Tengo que salir de aquí –informó.
Purpura aferró con fuerza su camisón, impidiéndole avanzar hacia la chimenea. Sin embargo, la diminuta hada poco pudo hacer para detenerla.
Nina se arrodilló en el suelo para escrutar mejor ese agujero sin fondo que había frente a ella. ¿Era seguro? Se mordisqueó el labio inferior delatando unos nervios descontrolados. Inspiró hondo varias veces antes de armarse de valor y estirar la mano hacia la oscuridad de la chimenea.
Sus dedos cruzaron al otro lado, perdiéndolos de vista.
Sus yemas captaron humedad, y también frío.
Púrpura observaba la escena descompuesta. Se preocupaba por ella y consideraba que cruzar al otro lado no era una buena idea. Su instinto se lo decía, pero su magia no era suficiente para inmovilizarla hasta el siguiente alba.
Tal vez Nina entrara en razón.
Los golpes que se escuchaban provenían del otro lado del espejo y éste permanecía cubierto. El hada sabía que mientras la tela ocultase la superficie reflectante, la joven estaría a salvo en su dormitorio.
Pero aquellos ruidos ensordecedores eran demasiado para ella y, cuando el hada se quiso dar cuenta, Nina había deslizado medio cuerpo al otro lado de la chimenea.
Púrpura se apresuró a sujetarla por el tobillo, pero Nina zarandeó el pie y el ser feérico acabó rebotando contra la cama.

Comentarios

  1. No te planteas mandarlo a una editorial?¿? Yo leo algunas novelas por internet y esta tiene un nivel para poder ser publicada y no quedarse solo en un blog. Pero como te dije hace poco, sea como sea, nunca dejes de escribir ^^un besito!

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    Respuestas
    1. Ay, qué ilusión me hace que me digáis estas cosas. Esto es únicamente un relato que consta de dos partes, por lo que no es una historia larga que pueda desarrollar y enviar a las editoriales. En cualquier caso, me alegra muchísimo que contemples esa posibilidad y decirte que sí que tengo una novela entre manos que espero poder publicar algún día (con mucha suerte).
      Muchas gracias por los ánimos.
      Un beso. :3

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  2. Echaba de menos deleitarme con uno de tus escritos, de verdad. Siempre viene bien recordar tu perfecto dominio de la lírica, y aunque no te lo creas noto una gran mejoría (más si cabe) en tu manera de escribir. Que no te quepa duda de las ganas tan frenéticas que tengo de leer la segunda parte.

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