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Sever & Synne, (tercera parte): Sin ruidos.

Antes que os pongáis con este relato, os recomiendo que releáis Sever & Synne, (primera parte) y también Sever & Synne, (segunda parte). No es indispensable hacerlo, pero sí que os serviría para recordar un poco a los personajes antes de pasar a la "continuación".
Por cierto, os avisto que este relato está un poco subido de tono.


Era bien entrada la noche cuando lady Synne se atrevió a encender un cirio. Su habitación permanecía en la más absoluta penumbra hasta que la diminuta llama prendió la mecha y el resplandor amarillento centelleó a su alrededor.
Estaba muy nerviosa. Su corazón latía desbocado mientras un hormigueo placentero le torturaba el estómago. Nunca antes había hecho algo así. Tenía miedo. Sabía que habría guardias haciendo rondas por los pasillos del castillo, pero tenía que arriesgarse. Quería hacerlo.
Inspiró profundamente antes de verse reflejada en el inmenso espejo de cuerpo entero que había situado al lado de la puerta. Su camisón color crema le caía suelto por el cuerpo, ocultando las curvas de mujer que había debajo. Se mordió el labio inferior, pensativa. Era hermosa. Y frágil. Todo el mundo lo sabía. La adrenalina corrió por sus venas al pensar en qué dirían todas esas personas si supieran sus intenciones. Si los guardias la descubrieran y la llevasen ante el rey.
Infló sus pulmones de aire por enésima vez, intentando relajarse inútilmente.
Quería hacerlo, de verdad.
Antes de que pudiera arrepentirse comenzó a quitarse la poca ropa que llevaba con rapidez.



* * *



Cuando salió de su dormitorio una gruesa capa de piel de oso le cubría todo el cuerpo. Había conseguido desvestirse completamente, pero pronto se arrepintió. Si la descubrían los guardias desnuda bajo la capa ni siquiera serían capaces de llevarla ante el rey, así que decidió dejar a un lado la ropa interior y vestir únicamente el fino camisón. Tampoco llevaba calzado. Sabía que sus zapatos harían ruido por las losas de piedra que formaban el suelo, así que había decidido dejarlos en su habitación.
Caminó por los pasillos en silencio pegada a las paredes mientras las antorchas que pendían de ellas le iluminaban el camino. De vez en cuando escuchaba las voces lejanas de algunos guardias, o los ruidos de unos pasos lentos que recorrían la zona asignada para aquella noche, pero en ningún momento se topó con nadie.
Tuvo suerte. Y miedo.
En más de una ocasión estuvo a punto de escupir el corazón y salir corriendo de vuelta a su dormitorio, pero hizo acopio de valor y siguió adelante. Sabía que en cuanto saliese de la zona de los aposentos reales la vigilancia sería mucho menor.
Y así fue.
Descendió por las escaleras que llevaban a las zonas inferiores, donde se alojaban los caballeros nobles y los guardaespaldas de menor rango. Pronto el único sonido que escuchó fue el eco de sus latidos. Llegó a sentirse mareada en más de una ocasión, pensando que no debía hacerlo, que era mejor regresar a la seguridad de su habitación y dejar aquella aventura infantil para Noche.
Frunció el ceño.
Ni hablar. Ella también podía ser impulsiva. Ella también tenía derecho a saltarse las normas de vez en cuando.
Dobló una esquina y por fin llegó a la zona donde descansaban los caballeros; varias puertas de roble decoraban las paredes de un ancho y oscuro pasillo. Esa zona estaba tan poco vigilada que ni siquiera se molestaban en poner antorchas.
Tuvo que esperar unos momentos a que sus ojos se aclimatasen a la oscuridad para poder ver mejor cuál era la puerta indicada. Se mordisqueó el labio. En la penumbra todas eran iguales. Oscuras. Sombrías.
Las pulsaciones se le aceleraron.
No podía equivocarse. Si llamaba a una puerta errónea acabaría teniendo problemas. Caminó hasta el final del pasillo. Era una de esas. ¿La de la izquierda o la de la derecha? No se acordaba. Se tomó unos minutos para decidirse, pero el silencio era tan aplastante que acabó por llamar a la de la izquierda. Contuvo la respiración, expectante. Nada sucedió.
¿Se habría equivocado? El pánico se apoderó de ella y dio media vuelta, dispuesta a salir corriendo. Sin embargo, el ruido chirriante de unas bisagras la detuvo en el último momento. Se giró para comprobar quién había detrás de la puerta... y soltó un suspiro de alivio cuando le vio.
Sever frunció el ceño. No podía verle bien la expresión, pero le conocía lo suficiente como para saber que sus cejas se habían juntado en una sola. Desde luego no esperaba encontrarla allí.
Synne corrió hacia él, descalza, y se introdujo dentro de su alcoba con la gruesa capa ondeando tras ella.



* * *



Cuando Sever cerró la puerta y echó el cerrojo la habitación quedó completamente a oscuras. Ninguno veía al otro. La joven dama ni siquiera tuvo tiempo de pararse a contemplar el dormitorio, aunque supo que era demasiado pequeño para un hombre de su tamaño.
–¿Qué hacéis aquí? –su voz fue un susurro áspero y grave.
Lady Synne estiró la mano siguiendo el ruido que había proyectado su voz. Quería tocarle. Sus dedos alcanzaron la piel desnuda que recubría su vientre. Se preguntó si estaría completamente desnudo y no pudo evitar sonrojarse. Pronto lo descubriría.
–No deberíais haber venido –le reprochó. Parecía enfadado–. Es peligroso. Os dije que iría yo a veros.
Pero los dedos de ella ya habían comenzado un recorrido ascendente muy sinuoso y pronto le acariciaron el pecho, cubierto por una capa de vello oscuro y rizado. Tuvo que estirar los brazos para llegar hasta sus clavículas. Era tan alto que nunca conseguía llegar más allá. Sever siempre se tenía que agachar para que ella pudiera rodearle el cuello.
–Nunca venís las veces suficientes –su voz sonó cálida e inocente entre tanta penumbra–. Os echo de menos las noches que duermo sola.
Y Sever se agachó. Siempre era muy brusco, pero con ella hacía un esfuerzo por controlarse. No quería romperla, pero aún así le acertó un cabezazo. La joven soltó un quejido y se llevó las manos a la frente. Él gruñó, maldiciendo su propia impaciencia. Tanteó el terreo con las manos y alcanzó las muñecas de ella. Tiró con suavidad para alejarlas de su rostro antes de caer de nuevo sobre Synne con más cuidado. Volvió a fallar, pero esta vez sus labios duros alcanzaron la nariz respingona de ella. La joven sintió las enormes manos de él apresándole el rostro con cierto cuidado, cálidas. Pronto notó más besos allí donde le había dado el golpe, la barba hirsuta le hacía cosquillas sobre la fina piel.
Sonrió. Le rodeó el cuello y se dejó hacer mientras Sever la apretaba contra él en un abrazo un tanto asfixiante. Si hubiera habido algún candelabro encendido, el rubor de sus mejillas hubiera sido más que evidente. El delicado camisón que vestía no era lo suficientemente grueso para repeler las formas del cuerpo de su guardaespaldas, por lo que Synne no tardó en adivinar que estaba desnudo y predispuesto. De hecho, a juzgar por lo que notaba a través de la tela parecía llevar así desde que la había visto entrar por la puerta.
–¿De qué os reís? –gruñó. Sus dedos desataron el lazo de la capa que le cubría los hombros y ésta cayó al suelo–. ¿Os hace gracia verme así?
Sever siempre había pensado que la joven dama se acabaría cansando de él. No llegaba a comprender que prefiriera pasar las noches con alguien de su calaña antes que con el apuesto y galante Lucan. La idea le atormentaba más veces de las que hubiera confesado, pero siempre que le preguntaba a Synne ella fruncía el ceño y le daba uno de sus delicados besos.
–No me estoy burlando, Sever –dijo con suavidad.
Y era cierto, pero las inseguridades de él siempre le hacían dudar. Atrapó sus labios con impaciencia y enterró una de sus enormes manos en el cabello ondulado de ella.
Olía tan bien...
A veces se sentía abrumado. Se torturaba continuamente pensando que una criatura tan frágil e inocente no podía corresponderle. No estaba bien. Acabaría rompiéndola. El día menos pensado la rompería, estaba seguro. O tal vez lo hubiera hecho ya.
Y entonces, cuando lo pensaba detenidamente, un pánico horrible se apoderaba de él.
Synne no era suya. Synne estaba prometida con otro y él no era más que su aperitivo. Quiso gritar, lleno de ira y rabia. La había mancillado. La había deshonrado tantas veces que había perdido la cuenta. Pero era lo que quería; quedar más alto que todos esos nobles señores que le miraban por encima del hombro y le hacían sentir como escoria.
«Que le den a su prometido. Que le den al rey. Y a la reina. Que le den a su hermana y que le den al consejero real. A Lucan y a toda la corte junta.>>
Al principio, antes de conocerse, antes de que lady Synne comenzase a hablar con él, soñaba con el día en que pudiera pillarla desprevenida. Soñaba con el día en que no hubiera más guardias cerca y pudiera someterla a su voluntad utilizando la fuerza bruta. A los pocos segundos se arrepentía y transcurrido un tiempo volvía a querer mancillarla. Pero llegó el día en que la joven decidió quedarse a solas con él para hablar un rato y Sever no tuvo valor para hacerlo. ¿Cómo iba a dañar a alguien tan indefenso y vulnerable? La mera idea le hacía enfermar.
«Que les den. Que les den a todos menos a ella».
Por eso no comprendió los días siguientes. No comprendió que quisiera pasar tiempo con él a solas, cuando la mayoría de gente prefería evitar su presencia. No comprendió que mostrase interés por él, por su vida, que quisiera escuchar historias de aventuras. No comprendió que rechazase repetidamente al apuesto Lucan. No comprendió ese primer beso, ni los muchos que llegaron después.
–Sever...
Y el hombre volvió a la realidad. Tuvo miedo. Creía que iba a rechazarle –a pesar de que nunca antes lo había hecho–, sin embargo pronto entendió que a Synne le costaba respirar. Sin darse cuenta la había sumido en un abrazo demasiado apretado. Había enterrado el rostro sobre su cuello y allí había permanecido durante demasiado tiempo, respirando el dulce aroma que desprendía su piel.
Aflojó la presión que ejercía sobre ella rápidamente, alejándose un poco para que pudiera recuperarse.
–¿Estáis bien? –la voz calmada de la joven mostraba preocupación–. ¿Queréis que me marche?
Sever volvió a atraerla hacia sí, esta vez con más cuidado.
–No –dijo entredientes. Volvió a besarla–. No.
Se sintió mejor cuando comprobó que respondía a sus caricias y pronto decidió que llevaba vestida demasiado tiempo. Una mano viril ascendió por el muslo prieto de la joven, retirando tras de sí los bajos del camisón. Sever se detuvo unos segundos. Frunció el ceño. ¿Y la ropa interior? Mejor, más rápido. Así no tendría que entretenerse desatando lazos.
Escuchó la suave risa de la joven sobre sus labios y sintió que se derretía. Le sacó rápidamente el camisón por la cabeza y la alzó en brazos sin que ella se lo esperase. Le daba tanto pánico conducirla hasta el camastro andando por si se golpeaba con algún mueble que prefería llevarla en volandas. De todas formas, era tan ligera que no le importaba cargar con ella.
Sever sorteó una silla y un armario de madera antes de llegar hasta el colchón en apenas un par de zancadas. Su alcoba era tan reducida y tenía tan pocas comodidades que le daba vergüenza que Synne durmiera allí.
–Debería de haber ido yo a veros –repitió cuando la depositó sobre el camastro.
El colchón era tan pequeño y estrecho que la joven apenas cabía cuan larga era, por lo que a Sever, –que era mucho más grande– se le salían los pies y parte de las piernas por uno de los extremos. Además era incómodo. Estaba hecho de paja y picaba. Sabía que si la joven permanecía mucho tiempo debajo de él acabaría con la piel enrojecida.
Pero Synne no se quejó. Quería estar con él y un colchón mugriento no era importante en aquellos momentos. La joven volvió a sonreír cuando Sever se tumbó sobre ella, dejando caer el peso de su cuerpo sobre los antebrazos para no aplastarla. Le besó con cuidado los labios y lo atrajo hacia sí mientras separaba delicadamente los muslos.
–Sever... –Synne le susurró algo al oído.
Al principio el hombre pensó que había escuchado mal, pero su desconcierto aumentó cuando la joven dama se lo repitió con voz dulce. Hubo un momento de silencio, donde el tiempo pareció detenerse y Sever no supo cómo reaccionar. No dijo nada. No sabía si reír o dejar escapar una lágrima. Todo parecía tan improbable... A veces creía que el inocente era él, pero luego la escuchaba reír debajo de su cuerpo y se le pasaba.
Synne le acogió en su interior con suavidad, notándose la respiración más entrecortada a medida que Sever incrementaba el ritmo de las embestidas. Intentaba controlarse. No quería hacer ruido y apretaba los dientes para evitar que la voz saliese de su garganta. Pero se le escapó un gemido.
Sever le tapó la boca de inmediato, sin cesar en su cometido. Le dejó la nariz al descubierto para que pudiera respirar regularmente, pero aprisionó sus labios con fuerza.
–Sin ruidos –murmuró. Si hubiese habido luz, Synne le hubiera visto esbozar una sonrisa torcida.
No podía dejar que su joven dama gritase. Ni siguiera le permitía que lo hiciera con suavidad. Era demasiado arriesgado. Nadie debía descubrirlos. Aún así, Sever no dejaría que nadie irrumpiese en su alcoba para pedirle explicaciones. El cerrojo estaba echado y guardaba su espada bajo el camastro, así que siempre podía utilizarla en el caso de ser descubiertos.
Y, aunque le hubiera gustado oírla gritar, Sever se excitaba mucho más cuando una de sus poderosas manos la amordazaba. Le producía un inmenso placer ver –o intuir– como Synne intentaba dominarse a sí misma para no dejarse ir, como se resistía y se ponía rígida bajo su cuerpo mientras le clavaba las uñas o le estiraba del pelo hasta que el momento cumbre la alcanzaba a ella y después a él.
Synne quedó lánguida tras tanta tensión. Sabía que si intentaba ponerse de pie caería de bruces contra el suelo.
Transcurrieron unos instantes en silencio hasta que Sever le pasó uno de sus fuertes brazos entre el colchón y su delicada espalda, para después girar con cuidado sobre sí mismo y depositar a la joven sobre él. No iba a permitir que despertase al día siguiente con la fina piel enrojecida por culpa del maldito colchón.
Synne se acomodó en su pecho descansando la cabeza al lado de la suya, sobre la almohada.
–Todavía estáis dentro de mí.
Sever deslizó una de sus manos por la curvatura de su espalda hasta llegar a la unión de sus cuerpos, pensando que tal vez la joven no quisiera un contacto tan íntimo en aquel momento. Sin embargo, Synne lo detuvo con delicadeza antes de que pudiera abandonarla y dejó que le rodeara el diminuto cuerpo de manera protectora.
La joven dama volvió a besarle mientras reía en un susurro.
–Os quiero justo ahí.
Y Sever sintió que su cuerpo reaccionaba de nuevo.

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