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Clémence, (segunda parte).

La puerta se cerró tras él con un ruido sordo. Noche contuvo el aliento, apoyada en el respaldo de la silla que había frente al tocador, de espaldas a él. Le vio a través del espejo moviéndose por el dormitorio como un felino curioso, inspeccionándolo todo con atención, sin prisas. Acarició un aparador con las yemas de los dedos, trazando un recorrido sinuoso hasta alcanzar una vasija de porcelana. Estaba llena de agua limpia y junto a ella descansaba un paño bien doblado.
Su corazón palpitó con más fuerza. La calma que mostraba no hacía otra cosa que inquietarla sobremanera. Lord Tulyn comenzó a abrir los cajones del mueble. Clémence se volvió hacia él, dispuesta a replicar. Sin embargo, se le adelantó:
—Estos no son tus aposentos —alzó un par de dedos para mostrarle la capa de polvo que se había adherido a sus yemas—. ¿Por qué me has traído aquí?
Cerró el cajón de golpe, pues estaba vacío. La joven se miró los pies, nerviosa. Caminó hasta una pequeña mesa circular donde descansaba una jarra de vino y dos copas.
—No quería ensuciar mi habitación —explicó, en un hilo de voz.
Hawtrey permaneció en silencio. La joven notaba sus pulsaciones dentro de los oídos, pues sus nervios incrementaban a cada momento. Dio un respingo cuando una mano varonil descansó sobre la mesa, junto a la suya. Clémence contuvo la respiración y aprovechó el momento para servir vino para ambos.
—Este dormitorio ya está sucio —su voz cálida le rozó el oído.
Sin embargo, lord Tulyn comprendía a qué se estaba refiriendo. Le resultaba curioso que —con lo escrupulosa y maniática que era su joven esposa— pudiera yacer con él en una alcoba llena de polvo antes que en su propia habitación. No quería mancillarla, eso era lo que le sucedía.
La joven permanecía rígida como una estatua. Desvió la mirada hacia su mano, que seguía descansando sobre la superficie de madera muy cerca de su cintura. Era elegante, con dedos largos y finos. Tenía las uñas bien recortadas, muy limpias. Un delicado vello trigueño decoraba el lado más externo de su dorso, trepando por su muñeca hasta perderse bajo la manga del jubón.
—Tienes que cumplir con tu deber.
Noche le miró de reojo, aferró una copa de vino y se la entregó con un ligero temblor. Tulyn observó el contenido.
—¿Y si no puedo, mi señor? —preguntó, angustiada.
Lord Hawtrey clavó la vista en ella. Cuando Clémence se volvió hacia él, descubrió que sus ojos grises se habían endurecido. Tenía los músculos de la mandíbula tensos y sus labios formaban una fina línea recta.
—Podrás —se inclinó hacia ella, buscando atrapar su mirada esquiva. Estaba tan próximo a la joven que sus narices habrían podido rozarse. Si hubiera querido—. Tendré que obligarte si no accedes.
Era lo que se temía. El diálogo no funcionaba, por lo que Clémence no tuvo más remedio que aceptar su destino.
—Es-Está bien… —accedió. Los nervios hacían que le temblaran las piernas.
Tulyn pareció conforme. Se llevó la copa a los labios, pero se detuvo antes de que éstos tocasen el recipiente. Contempló a la joven, que le observaba con unos abismos vidriosos. Sus ojos grises se entornaron y fue entonces cuando tendió la copa hacia ella.
—Bebe tú primero —ordenó, desconfiado.
La confusión se apoderó de su delicado rostro. Clémence estuvo a punto de vomitar el corazón. Al parecer había subestimado a su esposo. Pensaba que iba a envenenarle para romper ese matrimonio que ella no había aceptado.
Inspiró hondo. Y aceptó la copa. Acarició el borde con sus labios rosados, pero Tulyn se la arrebató de las manos antes de que diera el primer sorbo. Dejó escapar un gruñido de frustración y se alejó de ella con una agilidad asombrosa, caminando hacia la puerta. Noche estaba a punto de desfallecer. Tuvo que apoyarse en la mesa para evitar caer al suelo cuando vio que su marido hacía llamar a una de las dos criadas que aún conservaban.
El hombre permaneció en el vano de la puerta sin volverse hacia ella. La sirvienta llegó al poco tiempo y cuando entró en el dormitorio, Tulyn cerró de nuevo. Era una mujer robusta, curvilínea y abundante en carnes. Se asemejaba un poco a su segunda esposa. Parecía desconcertada.
Hawtrey la rodeó para situarse a su lado.
—Bebe —estiró la copa de vino hacia ella.
La criada miró primero a Clémence antes de atreverse a alzar la vista hacia sus ojos grises, tan duros y fríos como un témpano de hielo. Sin embargo, ante el silencio incómodo del dormitorio la mujer no tuvo más remedio que obedecer. Noche separó ligeramente los labios, pero su sirvienta dio el primer sorbo antes de que pudiera murmurar palabra alguna.
Contuvo la respiración. La tensión podía cortarse con un cuchillo. Los tres esperaron unos instantes; lord Tulyn con gesto impasible, Clémence visiblemente angustiada y la mujer con el desconcierto poblando su rostro ovalado.
Nada pareció ocurrir y nada ocurrió hasta que un hilillo de sangre le descendió por la nariz. La criada se palpó las fosas nasales con cuidado, manchándose los dedos de carmesí. Su confusión aumentó. Noche la observaba con los ojos muy abiertos, completamente hipnotizada. No obstante, Hawtrey tensó aún más los músculos de la mandíbula, haciendo rechinar los dientes.
La criada tosió. Fue un ruido ronco, rasgado. Escupió esputos sanguinolentos, inclinándose hacia delante con las manos en la garganta. Se moría. Clémence la vio intentando respirar entre jadeos, consciente de que ese hubiera sido su final si su marido le hubiera permitido ingerir el vino.
Lo había preparado todo con tanta meticulosidad que se sentía decepcionada consigo misma. Esa mañana se había desplazado a los almacenes del antiguo maestre para conseguir el veneno. Estaba destinado a lord Hawtrey, pero había sido demasiado inteligente como para ingerirlo. Y no sólo eso, sino que también lo suficientemente perspicaz como para impedir su propio suicidio. Clémence esbozó una tímida sonrisa.
Sin embargo, pronto volvió a la realidad cuando las toses se hicieron más sonoras. Descubrió a su marido caminando hacia ella con paso firme, lleno de ira. Noche retrocedió, pero topó con la mesa. Antes de que pudiera evitarlo, Tulyn la sujetó por el codo, zarandeándola bruscamente.
—¿Me tomas por necio? —masculló. Se escucharon unas arcadas detrás de él, mas la joven no se atrevió a mirar. Clavó la vista en su jubón granate, asustada. Todavía no conocía los límites de su esposo—. ¿Crees que puedes burlarte de mí?
Soltó un quejido cuando le clavó los dedos en la piel. No quería casarse con él. No quería ser la esposa de nadie. Eso era todo. Intentó verbalizarlo, pero no fue capaz. Lord Hawtrey la arrastró hacia la cama, ignorando a la mujer que yacía en el suelo atragantándose con su propio vómito.
—N-No… —la voz se le quebró. A pesar de que sus manos eran cálidas, Clémence no quería su contacto. No así—. P-Por favor, no. P-Por favor…
Pero Tulyn la ignoró. Estaba tan ofendido que cualquier excusa que pudiera darle no le importaba lo más mínimo. Le había humillado. No sólo había intentado envenenarle, sino que esa mocosa había estado dispuesta a quitarse la vida con tal de no yacer con él. Era el peor rechazo que había sufrido. Jamás se había sentido tan insultado.
La empujó contra el colchón, pero no la dejó caer. Noche hipaba entre lágrimas, incapaz de mirarle a los ojos. Tulyn la sujetaba por los codos, inclinado sobre ella como un león al acecho.
—Has escogido la peor opción, Clémence.
Sus manos la liberaron y la muchacha se desplomó contra las mantas. Se quedó contemplando la tela que formaba el dosel, con la vista emborronada. La criada había dejado de hacer ruidos, por lo que sólo se escuchaban sus sollozos. Inspiró hondo, pero estaba tan angustiada que no logró relajarse.
Clémence no le miró. Sin embargo, fue capaz de oír el sonido que hacían los broches de su jubón al abrirse.

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