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La Zona Siete, (primera parte).

Subió las escaleras mecánicas corriendo, aunque éstas se encontraban fuera de servicio. La explosión se había escuchado por todo el centro comercial y Beth tenía que verlo. El suelo había temblado tanto que las pocas personas que se encontraban por allí tuvieron que apoyarse en las paredes para no caer. Se acomodó la mochila en la espalda y llegó hasta el segundo piso con el corazón en un puño. Las rápidas pulsaciones indicaban los nervios que la invadían. Cuando por fin logró acercarse a las puertas acristaladas, tuvo que contener el aliento.
Algunos refugiados pasaron junto a ella para descender a las plantas subterráneas con cierta prisa. Sin embargo, la joven contemplaba el exterior con los ojos muy abiertos. La ciudad en ruinas conseguía cautivarla. Era una sensación grotesca. Los edificios derruidos desprendían tentáculos de humo negro que se perdían al acariciar el cielo gris.
Inspiró hondo en un vano intento por relajarse. En la terraza del exterior se veían a varias personas; curiosos que querían observarlo. Beth abrió la puerta corredera de cristal y salió con ellos. No obstante, permaneció próxima al refugio por si las cosas se complicaban.
Estaban sacando fotos. A pesar de que el paisaje era desolador, la joven no comprendía por qué querían inmortalizar ese momento. Se cruzó de brazos, con la mirada fija en el horizonte. Tragó saliva, notando la angustia crecer en su interior. Pasaron unos instantes donde sólo se escuchó el leve murmullo de las personas que había frente a ella.
Y fue entonces cuando apareció de nuevo. A lo lejos pudo verse la bola de energía que se elevaba entre los pocos edificios que quedaban en pie. Beth se abrazó el costillar, con la piel de gallina. El corazón le latió más rápido mientras sus ojos seguían el recorrido ascendente de aquella masa en el horizonte, con un tamaño similar al de una pelota de baloncesto. Los científicos todavía no habían descubierto qué era esa cosa, aunque habían advertido a los supervivientes de lo nocivo que era.
Separó los labios para hablar, pero la voz quedó ahogada por un nudo en su garganta. Apenas era consciente de que jadeaba debido a los nervios.
—Entrad —les advirtió, arrimándose instintivamente a la puerta—. Vamos.
Pero aquellas personas no se movieron del sitio. La miraron como quien mira a una mosca, para después volver a centrar su atención en la masa de energía que aumentaba de tamaño poco a poco. Alzaron las cámaras y volvieron a capturar el instante.
—Entr-… —su voz quedó ahogada por un estallido ensordecedor.
Beth chocó contra el cristal de la puerta y tuvo que cubrirse los ojos ante la enorme cantidad de luz que inundaba todo el lugar. Escuchó gritos. El calor del ambiente era insoportable. Tenía los ojos cerrados cuando sintió una arcada. Olía a quemado. «A carne quemada», puntualizó una vocecilla dentro de ella.
Cuando la luz disminuyó fue cuando logró bajar el antebrazo y abrir los ojos. El cielo estaba envuelto por una cúpula de llamas que descendían lentamente como pequeñas estrellas fugaces. El gris de las nubes había desaparecido, al igual que lo había hecho la bola de energía.
Escuchó los gritos de nuevo y fue entonces cuando centró su atención en el grupo de personas que había estado frente a ella. La mayoría yacía en el suelo, muertos. Sin embargo unos pocos gateaban a ciegas, con la carne derretida desprendiéndose de los huesos.
Beth se inclinó hacia delante y vomitó la poca comida que tenía en el estómago. El pequeño tejado que cubría la entrada del refugio la había protegido de la explosión. Tuvo que apoyarse en el cristal mientras seguía vomitando, con los ojos llenos de lágrimas. El olor de la carne era repulsivo.
Una parte de ella quiso esconderse en la seguridad del búnker, pero el sufrimiento de los supervivientes le atormentaría si no les prestaba ayuda. Inspiró hondo y volvió a erguirse. El cielo seguía en llamas, aunque éstas no tenían la fuerza del principio.
Contuvo la respiración antes de taparse la nariz con una mano y avanzar hacia la terraza descubierta. Algunas estelas de energía caían a su alrededor, dispersándose por el suelo hasta desvanecerse. Se mordisqueó el labio, que le temblaba con violencia. Los gritos, gimoteos y lloros se mezclaban con súplicas ininteligibles.
Beth llegó hasta el primer herido. Cuando le miró sintió que su estómago se contraía de nuevo. Necesitó vomitar otra vez, pero no tenía más bilis que expulsar por la boca.
La carne quemada dejaba al descubierto algunas zonas de hueso, mientras que los ojos de aquel hombre se deslizaban derretidos por sus mejillas. Estiró la mano hacia ella, pero la piel estaba tan deshecha que tuvo miedo de provocarle más daño si intentaba ayudarle.
Su cuerpo desprendía humo. Beth se fijó en algo metálico que brilló ante sus ojos: el reloj se había fundido por el calor, quedando adherido a su muñeca. Tragó saliva, sin saber cómo socorrerle.
No obstante, soltó un quejido cuando algo le acarició la piel. Las estelas de fuego seguían llegando desde las nubes, despacio. No eran más grandes que la uña del dedo meñique, pero cuando Beth se miró el antebrazo descubrió que se había formado un pequeño agujero allí donde la energía le había rozado la piel. Gritó. La sangre descendía por su codo hasta caer al suelo.
Antes de que pudiera recapacitar salió corriendo de allí, abandonando a los pocos supervivientes. «Ya están muertos». Se dijo. Ningún médico podría curar eso. Era imposible.
Entró en el búnker y fue directamente a ver a Gary.


***


—Ni hablar —apretó la venda con cuidado, asegurándose bien de que no se movía. Después la sujetó con un trozo de esparadrapo—. No vas a hacer tal cosa.
Beth movió los pies, que colgaban de la camilla donde estaba sentada.
—Tengo que hacerlo —insistió, acariciándose el vendaje con las yemas de los dedos.
Gary la observaba de brazos cruzados. Tenía la bata manchada, aunque seguía siendo blanca. Las gafas se le escurrían por la nariz, por lo que se las subió con el índice.
—Ya has visto lo que hace esa cosa —le señaló la herida—. ¿Acaso quieres estar fuera cuando vuelva a repetirse?
La joven sacudió la cabeza, angustiada. Los recuerdos sanguinolentos eran demasiado recientes. Intentó librarse de ellos, pero no pudo.
—No me quiero quedar aquí —se puso en pie de un pequeño salto—. No sabemos cuántas explosiones más aguantará este lugar. ¿Es que no has visto cómo están el resto de fincas?
El médico bufó, observándola con el ceño fruncido.
—Es más seguro que cualquier otro sitio —dijo, aunque una parte de él compartía sus temores.
La joven contuvo el aliento.
—He oído hablar de la Zona Siete —confesó.
—Rumores.
Negó y volvió a la carga.
—No. Está a las afueras de la ciudad —explicó, con cierto brillo esperanzador en la mirada—. Es un refugio escondido entre los campos de cultivo.
—Beth, por favor…
Los ojos oscuros de la muchacha se endurecieron.
—Tengo un mapa.
Silencio. Los segundos pasaron despacio hasta que el hombre se atrevió a hablar de nuevo.
—¿Cómo lo has conseguido?
Se encogió de hombros.
—¿Acaso importa? —hizo una breve pausa antes de continuar—. Se dice que en las afueras las explosiones apenas causan daños.
—Beth…
—¿Te das cuenta? —le interrumpió, intentando inútilmente contener su euforia—. Podríamos trasladar allí al grupo. Podríamos hacerlo de noche, cuando no hubiera vigilancia. Tal vez…
—¿Es que te has vuelto loca? —la miró como si no la conociera—. No voy a permitir que tus fantasías nos arrastren a todos hacia el desastre.
Sus palabras la golpearon con la fuerza de un puñetazo.
—Acabo de ver las consecuencias de la explosión —respondió, notando las primeras lágrimas aflorar en sus ojos. Por mucho que lo intentase, no lograba alejar de su mente las imágenes que habían captado sus retinas—. No pienso quedarme aquí mientras esa cosa explota periódicamente.
—Beth, espera…
Sin embargo, la joven había recogido su mochila y caminaba hacia la puerta a toda prisa.

Comentarios

  1. Me recuerda un poco en la temática a la segunda película de "El corredor del laberinto", por el hecho de "la vigilancia", el hecho de que haya un refugio (La zona siete) y lo de la carne derretida que se despega de los huesos. La verdad, si bien esta línea narrativa post-apocalíptica/ distópica no suele llamarme mucho (salvo la excepción de "El corredor..." y alguna otra), como siempre tu forma de escribir es impecable y consigues enganchar al lector. Espero que subas pronto la siguiente parte de la historia para saber qué pasa con Beth, quiénes son los que vigilan y de qué están compuestas exactamente esas bolas de energía. ¡Un beso!

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    Respuestas
    1. ¡Hola, Athenea!
      Me alegra mucho verte de nuevo por mi blog. :)

      Como ya te comenté, no he visto la segunda parte de "El corredor del laberinto" porque la primera no me gustó. Este relato está basado en una pesadilla que tuve hace unos meses.

      Es grato ver que las cosas que escribo te siguen gustando, aunque me pensé mucho el publicar este texto porque lo vi lleno de errores y me tocó someterlo a una nueva corrección. Pero bueno, ya sabes lo quiquillosa que soy con este tipo de cosas. xD

      Un beso.

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