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Mostrando entradas de diciembre, 2015

Costras.

La encontró aovillada en el sofá, envuelta en una de sus camisas, en bragas. Tenía el pelo igual de enmarañado que un nido y se mordía el labio sin ser consciente de ello, pues estaba tan concentrada en arrancarse las costras de las rodillas que ni siquiera reparó en su presencia. —¿Qué haces? No le escuchó, al contrario: hincó la uña en una dureza y la levantó de golpe. Dejó escapar un gemido. La gota de sangre descendió rápidamente por la tibia hasta alcanzar la superficie del pie. —Eh, eh —acudió a su lado y la sujetó por las muñecas al ver que continuaba hurgándose en el agujero—. Para. Para ya. Le miró como si le viese por primera vez, un tanto confusa. —Joder —masculló el hombre, levantándose con intención de ir en busca de un botiquín—. No te muevas. Y no se movió del sitio, pero en cuanto desapareció de su vista retomo la ardua labor de hurgar dentro de ella, arañándose la carne con la esperanza de sentir algo más que apatía.